Karl Valentin y la política mundial
Una propuesta del conocido artista mumiqués
Durante una elección al Reichstag alguien gastó la broma de votarme como emperador del imperio alemán" Yo, entonces, también lo consideré una broma. La vidente D.ª Amalia Plifentranz, que, como se sabe, presagia una nueva guerra, es la culpable de que, en este momento, piense sobre este asunto de otra manera.
Nunca he querido ser mandatario de países y reinos, pero sí quisiera poder hacer una cosa, sólo una. Por una vez quisiera poder hablar en la asamblea de la "Sociedad de Naciones" en Ginebra y decirles a todos los grandes que allí suelen reunirse algo que no han escuchado nunca.
¡Distinguidos señores míos! —diría—. De nuevo, han vuelto a reunirse para debatir sobre la eterna paz mundial y, de nuevo, fracasarán al asegurar la paz mundial entre los pueblos, ya que no encuentran ni medios ni caminos para abolir las sangrientas guerras mundiales. Es lamentable que me necesiten precisamente a mí para esto, que tengan que buscarme a mí para solucionar un problema mundial tan importante. Pero conocedor de su desesperación, me atrevo a decirles unas palabras acerca de este crucial asunto. Ya sé, con antelación, que ante mi bienintencionada propuesta de abolir toda guerra sangrienta, tendré que soportar sus amables sonrisas. Y eso no me importa, no, nada en absoluto, ya que otros muchos miles acogerán con satisfacción mi idea. Desgraciadamente tengo que agarrarme a estas feas palabras: "¡Mientras haya hombres, habrá guerras!" Pero si esto es asi y no puede ser de otra manera, por lo menos que las guerras no sean sangrientas.
Me dirijo gritando a todo el mundo como la pacifista Ber-tha Suttner: "¡Abajo las armas! ¡Bombas y granadas fuera!"
¿Es una muestra de fuerza que las metralletas corten las cabezas de 1.000 hombres fuertes y sanos como tallos de mala hierba? ¿Es una muestra de cultura que, desde los aires, se arrojen gas y fuego sobre las casas? Por eso: ¡Fuera todos esos instrumentos técnicos asesinos! Y que, en el futuro, la fuerza del hombre sustituya a las armas.
Supongamos que comienza una guerra, por ejemplo, entre Francia y Alemania. Según mi método, después de haberse declarado la guerra, extendemos una cuerda metálica gorda y tan larga como la de un funicular alpino, mitad en la llanura alemana y mitad en la francesa. Más tarde, cada parte en guerra escoge, digamos, a 1.000 de sus deportistas más fuertes. Y los más altos mandos militares de ambos lados, desde una tribuna de árbitros, anuncian, con un fuerte toque de sirena, el comienzo de la competición bélica de cuerda. ¿Y? ¡Ni una gota de sangre, sólo sudor correría en esa guerra! Cuando una de las partes enemigas consiguiera meter al adversario en su campo haría 1.000 prisioneros y ganaría la guerra. El adversario vencido pagaría la suma del rescate, según previo acuerdo, por sus prisioneros, y así, hombres sanos y alegres regresarían tras la guerra a sus casas. Por lo tanto: ¡Convertid las futuras guerras en grandes competiciones deportivas, a la salud de todo el género humano!

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