Lluvia de Noviembre

El frío cala los huesos.

La lluvia cae sobre el pavimento, que alguna vez fue pasto.

El viento sopla entre las ramas de los árboles, tumbando las hojas que no están bien agarradas.

Los dos ojos en la ventana se cierran somnolientos, fatigados por el frío, por el hambre, por el alcohol, o por el tabaco. Sea cual sea la razón, se van cerrando poco a poco hasta que les llega su momento de cerrarse por completo.

Se desmaya en el suelo, su corazón ha parado de latir, y siente cómo su cuerpo se va apagando.

Toc, toc, toc se escucha una y otra vez sobre su caja de madera que golpean los dolientes para alejar la desgracia, como si de algo sirviera.

Lloran, rezan, se arrodillan frente a la caja. En lugar de celebrar que ese pobre diablo al fin descansó, después de todo: sueños cumplidos y frustrados, canciones cantadas y calladas, copas vacías y llenas, colillas y cigarrillos a medio fumar.

– ¿A quién hay que darle el pésame?, preguntan las señoras, pero nadie les puede responder.


***

– Era un buen tipo... ¿cierto?

+Creo que sí, al menos no era uno malo.

– Pobre Gabriel.

+Gabriel no. Gildardo.

– Eso, eso. Gildardo. Pobre.

+Que en paz descanse.

– Sí, sí. Que en paz descanse.

+¿Trajiste roncito?

– ¡Hombre por Dios! Hasta la pregunta es necia. ¿Tenés copa?

+Obviamente.

– ¿Doble?

+Triple. ¡Por Gonzalo!

– ¡Gabriel!

+Eso, eso. Gabriel. ¡Salud por él!

– ¡Salud!

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